Hacia el final del verano, paseando de la mano de mi sobrino Joaquín, le hablaba sobre cómo guiarse para volver a casa si alguna vez se encontraba desorientado.
La mejor manera, le dije con el aire de quien lo sabe todo, es buscar una referencia, algo que sepas que siempre estará en el mismo lugar, algo que todos conozcan y que sea fácilmente identificable. Así, le dije, te guías por esa referencia, y siempre podrás orientarte y volver seguro a casa.
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Desde niño mi referencia fue la antena de radio LV12, a una cuadra de mi casa, erigida en medio de un inmenso descampado, que cortaba calles y contenía además, dos canchas de fútbol con arco de red y todo.
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Un día cualquiera del mes pasado, algo cambió. El empuje del progreso, la manía sofocante del gobierno de pavimentar todas las calles, la ambición especulativa de convertir cualquier terreno en lotes para vender, o una mezcla rara que no puedo entender, hicieron temblar los cimientos del mapa referencial de mi barrio: la vieja antena -ya fuera de servicio- molestaba. Había que derribarla.
Y así fue.
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Desde entonces, cuando Joaquín no entiende algo o siente curiosidad, mira atentamente a su alrededor, después me mira a mí y al fin se aleja en silencio, arrastrando los pies y con las manos en los bolsillos, rebalsantes de incertidumbre.
Las nubes traen el desconsuelo,y lo impensable se cumple.
Obreros meticulosos reemplazan ahoraa los suicidas de antaño.
Y por encima de todo, el progreso demoledor.
¿Por dónde treparán los sueñosque remontábamos a la par de nuestros barriletes?
¿Cómo se guiarán nuestros niños?


















































